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El diagnóstico de cáncer de próstata (CP) representa uno de los mayores retos pendientes en Oncología. Y no precisamente por su pronóstico,  que es generalmente bueno, sino por las repercusiones en la calidad de vida de los pacientes, en especial en los relativamente jóvenes.

El tratamiento sigue siendo agresivo, ocasionando con indeseable frecuencia incontinencia urinaria e impotencia sexual, entre otros. Este conocimiento forma parte de la cultura popular masculina.  Los problemas de pareja, la inseguridad, la pérdida de la autoestima acompañan al paciente en el primer año del diagnóstico.

En clara contraposición, el soporte psicológico especializado es inferior al que reciben las pacientes con cáncer  de mama, todo y no ser, desde nuestro punto de vista, suficiente. El urólogo es, por lo menos entre nosotros, omnipresente. Es hasta cierto punto lógico: él diagnostica, él trata, él controla. Dada la intimidad del proceso, se erige en el amigo, en el mentor del paciente. Incluso, como nos ha dicho algún magnífico urólogo, en el psicólogo del paciente. Argüimos que los psicólogos estudian durante cinco años para acceder al grado y después se especializan. La figura del psico-oncólogo es reconocida mundialmente. Algo deben saber. Pero la realidad es que el cuidado del paciente con cáncer de próstata está centrado en el urólogo.

Pero, ¿se atienden adecuadamente las repercusiones psicológicas que significan los problemas que mencionamos?.  Quizás, no. Veamos el estudio llevado a cabo por el equipo liderado por Quoc-Dien  Trinch, cirujano en la Harvard Medical School, en Boston, USA.  Aceptando que, con independencia del lugar anatómico afectado, los pacientes con cáncer experimentan una gran carga psicológica, con las excepciones que ustedes quieran. Pero Trinch ha querido saber si el CP significaba algún tipo de riesgo mayor para los pacientes que el ocasionado por otros cánceres.

Para ello ha revisado los datos (procedentes de la  base de datos Surveillance, Epidemiology and End Results, SEER). Con lo que ha comparado 524.965 hombres diagnosticados con CP con 956.576 hombres diagnosticados con otros tumores.  Los investigadores observaron que el riesgo de suicidio o de muerte accidental era más bajo con CP que el sufrido por el segundo grupo. Pero con una importante excepción: durante el primer año transcurrido desde el diagnóstico, el riesgo de suicidio o de muerte accidental  era mayor en los pacientes con CP. Por ejemplo, durante los tres primeros meses, el riesgo era cuatro veces superior. Además, entre los pacientes a los que se recomendó un tratamiento pero no lo realizaron o lo rechazaron, el riesgo de los pacientes con CP mostró un significativo 32% de aumento de suicidio y 44% de muerte accidental.

Analizando las razones para este tipo de conducta, los investigadores opinan que puede deberse al alto impacto inmediato psicológico del diagnóstico de CP, estimulado por la ansiedad provocada por el tratamiento y a sus efectos secundarios, con alteración de la calidad de vida que puede contribuir al aumento del riesgo de suicidio.

 

Autor: Jordi Estapé

Imagen: Anciano en Pena (Vincent van Gogh)

 

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